PostHeaderIcon El Bosque

Aquella mañana el sol tenía el presentimiento de que algo extraño iba a pasar. Antes de salir y que los primeros rayos despertaran al gallo de la granja del señor Isidro, se quedó pensando por unos instantes, retrasando la llegada del nuevo día.
El gallo que no necesitaba la luz para cantar, pero por su educación, era su deber esperar siempre a que el sol le diera la señal en forma de rayo, comenzaba a impacientarse.
El señor Isidro, que tampoco necesitaba escuchar al gallo para despertarse se extrañó al no oírlo. Pensó que quizás no se encontrara bien por beber agua fría la tarde anterior y se hubiera quedado afónico.
Hacía ya muchos meses que unas enormes máquinas trabajaban en el bosque talando los árboles, pero, aquella mañana el horroroso y molesto ruido tampoco se escuchaba.
- ¿Qué raro?, es una mañana muy tranquila, demasiado. No se escucha ningún ruido. Pensó.
Curiosamente tenía el mismo presentimiento que el sol. Cuando abrió la ventana y se dio cuenta que las horas pasaban y todavía era de noche comenzó a preocuparse de verdad.
El sol temía encontrarse algo muy feo y cuando al final ya no pudo esperar más, lanzó sus rayos por todo el valle. La desilusión fue enorme. El bosque estaba vacío, ¡no quedaba ningún árbol ¡
- Kikiriki, kikiriki. Cantó el gallo, pero…
…enseguida dejó de hacerlo y aviso a las gallinas para que vieran lo que había ocurrido.
El señor Isidro, no pudo menos que soltar una lágrima, al ver semejante espectáculo. El bosque en el que había crecido, en el que había jugado, en el que había construido las cabañas con sus amigos. Todo aquello había desapareció, solo quedaban los recuerdos.
A los señores que mandaron talar el bosque, personajes sin escrúpulos a los que solo les importaba el dinero, les pareció buena idea colocar en lugar de los árboles verdaderos, otros de papel. Pensaban que los habitantes del valle no se darían cuenta.
Rápidamente el señor Isidro, bajo al gallinero y llamó al gallo, y juntos los dos fueron hacía el horizonte a buscar al sol.
Partieron muy decididos y confiados en que los tres conseguirían arreglar semejante catástrofe.
Cuando al fin, después de mucho caminar se encontraron, ninguno sabía que decir, estaban tan tristes que no les salían las palabras solo sollozos. Era la primera vez que el señor Isidro veía llorar al sol. Pero lo que no sabía es que habría una segunda vez.
Era el momento de dejar las lamentaciones y empezar a buscar soluciones. Mientras el señor Isidro se secaba las lágrimas el gallo y el sol se sentaron en la ladera de la montaña a pensar. Muchas vueltas le dieron a lo mismo sin encontrar ningún remedio.
Coincidió que pasaban por allí unos pájaros que se dirigían al continente africano en busca del buen tiempo, pero al ver a los tres amigos tan preocupados decidieron pararse y charlar un rato con ellos. Cuando estuvieron al corriente del problema, rápidamente y casi al mismo tiempo que el gallo terminaba de contarles el desastre, aportaron una solución.
Si el Sol es el astro rey, resultaría muy fácil detener el verano y volver a la primavera. El señor Isidro puso cara de extrañado y cerro los ojos. El sol se tapó con una nube despistada que merodeaba por allí y el gallo en lugar de emitir su magnífico canto, cacareó como una gallina. Ninguno de los tres había entendió nada. Los pájaros insistieron que solo era cuestión de organizarse.
Cada uno debería encargarse de un trabajo muy concreto. El señor Isidro prepararía el bosque tapando los agujeros que las máquinas y camiones habían dejado. Después él también se encargaría de tapar los hoyos de las semillas.
El gallo sería el responsable de comunicar y convencer al resto de los animales, que era importantísimo abonar el bosque con sus cacas y pipis.
Por último el sol era el que tenía el trabajo más difícil, debía volver hacía atrás el ritmo normal de las estaciones. Bajo sus ordenes estarían la lluvia, el hielo, el viento y la nieve. Estos tres últimos debían alargar un poco más sus vacaciones mientras la lluvia tenia que estar alerta para cuando fuera el momento, con sus gotas dar de beber a las semillas y así facilitar el crecimiento de los nuevos árboles.
- ¿Y las semillas? Preguntó el gallo
- Nosotros. Como el sol retrasará la llegada del otoño, aprovecharemos para ir a buscar semillas y poder plantar el nuevo bosque. Respondieron los pájaros.
Todos muy entusiasmados se pusieron manos a la obra, cada uno con su papel bien aprendido. El señor Isidro trabajó sin descanso para tener la tierra preparada. Al gallo no le costo mucho convencer a los animales para que cambiaran el lugar para efectuar sus necesidades, todos por allí tenían algún amigo de su especie que cada año venía al bosque a pasar las vacaciones, y si el bosque no volvía a crecer sabían que sería difícil volver a verlos. El sol reunió a todos los fenómenos atmosféricos y tampoco tuvo problemas, todos se unieron a la causa.
Los pájaros lo pasaron un poco peor, además de sortear algunos cables eléctricos de las gigantescas torres de la luz, a la vuelta se encontraron con unos cazadores, habilmente camuflados, que intentaron convertirlos en el segundo plato de restaurante de carretera. Pero al final y gracias a su destreza voladora llegaron todos sanos y salvos en el tiempo previsto.
Ya estaba todo preparado. El campo abonado, y los hoyos preparados por el señor Isidro para que los pájaros depositaran las semillas. Las nubes cargadas de agua dispuestas a cumplir su misión, solo faltaba la orden para poner toda aquella organización en marcha. Fue el gallo quien dio la señal con su canto. En un día estaban todas las semillas plantadas y las nubes dejaron caer el agua para que todo fuera como la ley de la naturaleza ordena.
Toda la responsabilidad estaba ahora en el sol, tenía que conseguir que la primavera durara el tiempo suficiente para que los árboles crecieran.
Como ya no había árboles estaban seguros de que los taladores de madera no volverían y con esa satisfacción se fueron todos a dormir después de aquel duro día de trabajo.
Pasaron los días, las semanas, los meses, y en la televisión, la radio, en los periódicos, no se hablaba de otra cosa, la gran noticia era que el verano se había vuelto loco convirtiéndose en una interminable primavera. Los animales, el sol y el señor Isidro reían sin parar. Eran los únicos que conocían la verdad de todo aquello
Con tantos buenos amigos unidos, el trabajo bien hecho y toda la ilusión del mundo junta, el éxito estaba asegurado. Y así fue, los árboles empezaron a crecer. Todo volvía a ser como antes del desastre.
Los tres amigos fueron a despedir a los pájaros, las estaciones recuperaban su normalidad, y el otoño no tardaría en aparecer. Debían partir ya. En ese momento, cuando nuestros tres amigos les decían adiós, hasta el año que viene, fue cuando el sol no pudo reprimir la emoción y el señor Isidro le vio llorar por segunda y última vez.
 

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