PostHeaderIcon LUCIA

Era demasiado pronto para volver a casa. La última semana había resultado dura y hoy en especial muy triste.
 
Tenía un miedo enorme a enfrentarme a la primera noche en soledad después de veinte cinco  años de inolvidable compañía. No dejaba de preguntarme que le había hecho yo a la vida para que esta cuando menos lo esperaba me diera un revés así, sin la mínima delicadeza de avisarme.
 

Al encender la luz del recibidor sentí que toda la ilusión que llevaba guardada dentro de mi se apagaba para siempre. Mi vida había cambiado, tenía que aprender a vivir sin su  compañía y lo que más me dolía, sin su amor.
 

Allí estaba yo, con la única compañía de mi confusión sentada en el sofá  abrazada a su almohada percibiendo su olor mientras miraba el libro de poesías que cada domingo por la mañana leía mientras yo preparaba la comida.
 

Me llamó Mamen, intentó animarme, ella sabe que es pasar por esto. No lo consiguió. Ya sé que  todo en esta vida tiene su principio y su fin, lo que ocurre es que mi fin ha llegado muy pronto, justo cuando emprendíamos una nueva etapa en nuestras vidas libres de las ataduras laborales y compromisos sociales.
 

Debía ser positiva borrar esta semana trágica y limitarme recordar aquellos maravillosos momentos de vida en común con la persona que más he deseado.
Pero el ser positiva tampoco significaba  ignorar aquella absurda infidelidad fuera de lugar por mucho que desde mi deprimida sensibilidad intentara disculpar lo imperdonable. Reconozco que fui demasiado bondadosa dándole lo que nunca me pidió sin preguntarle si lo quería.
 

Me ha dejado por otra, esta es la realidad, por otra que supo ver en Lucia lo que yo durante tantos años ignoré, por mi absurdo gen prepotente.
No sé si desear que sean felices porque sé que lo serán, así que no lo haré, pero no me importaría que los labios siliconados de la rubia sufrieran alguna alteración bajo el sol de las islas Kiribati.

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