Archivo de Febrero de 2009
Me miro en el espejo y soy feliz
En muchos casos creemos que nuestras actitudes, comportamientos, y actuaciones personales resultan ejemplares para los que nos rodean. Sería absurdo pensar lo contrario. Pero una gran mayoría nos mostramos esquivos o poco receptivos a la hora de escuchar y aceptar las críticas.
Activamos el escudo de autoprotección con la intención de que todo aquello que no aceptamos rebote, guardando como última defensa el argumento de que los despropósitos personales son fruto de los errores de otros. Somos reacios, no sé si por naturaleza, a reconocer nuestras equivocaciones.
La proporción de críticas aumentan o disminuyen en función de la representación que cada uno simbolice dentro de la sociedad. Un comerciante estará sometido a crítica de sus clientes; un periodista a sus oyentes ó lectores, un actor a sus obras de teatro ó películas, un político a todos aquellos a los que representa, etc.
Obtendremos la respuesta exacta a nuestra profesionalidad, actitud y comportamiento al final del día, del programa, de la representación teatral o tras el recuento en las elecciones.
¿Y los amigos? Me refiero a este reducido grupo de personas que contamos con los dedos. ¿Escuchamos a los amigos? O por el efecto “la confianza da asco” mientras nos hablan, miramos hacia el otro lado.
Puede ocurrir que estos no nos quieran decir lo que piensan por miedo a… De ser así significa que esta amistad va unida a algún tipo de interés y por lo tanto no es real. O quizás porque tienen miedo a que el comentario pueda hacernos sentir mal y nosotros les respondamos con algún comentario absurdamente fuera de tono y lugar.
Hay personajes que una vez demostrada su falta de valores, de los que se hicieron abanderados, se permiten el lujo de continuar dando recetas y consejos demostrando, sólo para algunos, su bajeza moral. Recordemos la cara de pasión del director del periódico El Mundo en aquellas imágenes durante el paso de una procesión en Sevilla junto a los políticos del momento para mostrarnos después su otra cara de pasión acompañado, en este caso no precisamente de una virgen.
¿No tienen amigos estos personajes? O su autoestima unida a la prepotencia es tan alta que ni miran ni escuchan. O son estos últimos que por miedo a perder sus beneficios tangibles, son incapaces de opinar.
A algunos políticos, no todos, les ocurre lo mismo, y ejemplos tenemos de sobra.
Cada cuatro años pasan su particular crítica sometidos al juicio de los ciudadanos. Y es aquí es cuando nos demuestran su capacidad de autocrítica. Después de unas elecciones con resultados negativos, ninguno reconoce sus errores, activando el discurso B consistente en disfrazar la realidad en ciencia ficción, porque su conclusión es que no han perdido.
¿Será que no tienen amigos?
El jefe, los grandes almacenes y San Valentín
La dirección convocó una estúpida reunión a última hora y le trastocó los planes.
Salió como una desesperada del despacho en busca del detalle que sabía que le haría feliz.
La cena de diseño y los postres sorprendentes esperarían para otra ocasión, ya no tenía tiempo de prepararlo. Pero los grandes almacenes, siendo el día que era, no podían fallarle y estaba segura que retrasarían su horario de cierre.
¡Estarán abiertos, estarán abiertos! Se repetía continuamente, porque era un día especial, además, seguro que no era la única persona con el mismo problema.
Sólo faltarían unos pocos metros una vez cruzada la calle. Al doblar la esquina, rompió a llorar como una desesperada. Estaba cerrado.
Maldito trabajo, maldito jefe. No sólo le habían impedido crear el entorno perfecto para disfrutar de una noche especial. Ahora también llegaría tarde, y ella no soportaba hacer esperar a nadie. Debía volver a casa lo antes posible, pero con los nervios olvidó preguntarle a Carlota donde aparcó el coche por la mañana. Intentó llamarla, pero su teléfono se quedó en la mesa del despacho. Empezó a nevar.
De camino a casa, sentada en la parte trasera del taxi, daba vueltas a la justificación injustificable de su asumido fracaso, mientras observaba desde la ventanilla la discusión bajo la nieve entre dos conductores.
Lo había planeado todo desde hacía tres semanas. Todo menos la estúpida reunión de última hora.
Abrió la puerta de su casa. No había nadie. Sentada en su cama acompañada de su frustración mientras bajaba la cremallera de sus botas, escuchó música proveniente del salón. Paró durante unos instantes porque aquella no era una melodía cualquiera, era su canción.
Caminó descalza, sin hacer ruido, hasta llegar al salón. La pobre luz de la cocina le llamó la atención, con mayúsculo cuidado se acercó.
No dijo nada. Él estaba allí, junto a la cena de diseño y el detalle que sabía que la haría feliz.
Su jefe a la vez que marido, por primera vez la había sorprendido.