El jefe, los grandes almacenes y San Valentín
La dirección convocó una estúpida reunión a última hora y le trastocó los planes.
Salió como una desesperada del despacho en busca del detalle que sabía que le haría feliz.
La cena de diseño y los postres sorprendentes esperarían para otra ocasión, ya no tenía tiempo de prepararlo. Pero los grandes almacenes, siendo el día que era, no podían fallarle y estaba segura que retrasarían su horario de cierre.
¡Estarán abiertos, estarán abiertos! Se repetía continuamente, porque era un día especial, además, seguro que no era la única persona con el mismo problema.
Sólo faltarían unos pocos metros una vez cruzada la calle. Al doblar la esquina, rompió a llorar como una desesperada. Estaba cerrado.
Maldito trabajo, maldito jefe. No sólo le habían impedido crear el entorno perfecto para disfrutar de una noche especial. Ahora también llegaría tarde, y ella no soportaba hacer esperar a nadie. Debía volver a casa lo antes posible, pero con los nervios olvidó preguntarle a Carlota donde aparcó el coche por la mañana. Intentó llamarla, pero su teléfono se quedó en la mesa del despacho. Empezó a nevar.
De camino a casa, sentada en la parte trasera del taxi, daba vueltas a la justificación injustificable de su asumido fracaso, mientras observaba desde la ventanilla la discusión bajo la nieve entre dos conductores.
Lo había planeado todo desde hacía tres semanas. Todo menos la estúpida reunión de última hora.
Abrió la puerta de su casa. No había nadie. Sentada en su cama acompañada de su frustración mientras bajaba la cremallera de sus botas, escuchó música proveniente del salón. Paró durante unos instantes porque aquella no era una melodía cualquiera, era su canción.
Caminó descalza, sin hacer ruido, hasta llegar al salón. La pobre luz de la cocina le llamó la atención, con mayúsculo cuidado se acercó.
No dijo nada. Él estaba allí, junto a la cena de diseño y el detalle que sabía que la haría feliz.
Su jefe a la vez que marido, por primera vez la había sorprendido.