Me miro en el espejo y soy feliz
En muchos casos creemos que nuestras actitudes, comportamientos, y actuaciones personales resultan ejemplares para los que nos rodean. Sería absurdo pensar lo contrario. Pero una gran mayoría nos mostramos esquivos o poco receptivos a la hora de escuchar y aceptar las críticas.
Activamos el escudo de autoprotección con la intención de que todo aquello que no aceptamos rebote, guardando como última defensa el argumento de que los despropósitos personales son fruto de los errores de otros. Somos reacios, no sé si por naturaleza, a reconocer nuestras equivocaciones.
La proporción de críticas aumentan o disminuyen en función de la representación que cada uno simbolice dentro de la sociedad. Un comerciante estará sometido a crítica de sus clientes; un periodista a sus oyentes ó lectores, un actor a sus obras de teatro ó películas, un político a todos aquellos a los que representa, etc.
Obtendremos la respuesta exacta a nuestra profesionalidad, actitud y comportamiento al final del día, del programa, de la representación teatral o tras el recuento en las elecciones.
¿Y los amigos? Me refiero a este reducido grupo de personas que contamos con los dedos. ¿Escuchamos a los amigos? O por el efecto “la confianza da asco” mientras nos hablan, miramos hacia el otro lado.
Puede ocurrir que estos no nos quieran decir lo que piensan por miedo a… De ser así significa que esta amistad va unida a algún tipo de interés y por lo tanto no es real. O quizás porque tienen miedo a que el comentario pueda hacernos sentir mal y nosotros les respondamos con algún comentario absurdamente fuera de tono y lugar.
Hay personajes que una vez demostrada su falta de valores, de los que se hicieron abanderados, se permiten el lujo de continuar dando recetas y consejos demostrando, sólo para algunos, su bajeza moral. Recordemos la cara de pasión del director del periódico El Mundo en aquellas imágenes durante el paso de una procesión en Sevilla junto a los políticos del momento para mostrarnos después su otra cara de pasión acompañado, en este caso no precisamente de una virgen.
¿No tienen amigos estos personajes? O su autoestima unida a la prepotencia es tan alta que ni miran ni escuchan. O son estos últimos que por miedo a perder sus beneficios tangibles, son incapaces de opinar.
A algunos políticos, no todos, les ocurre lo mismo, y ejemplos tenemos de sobra.
Cada cuatro años pasan su particular crítica sometidos al juicio de los ciudadanos. Y es aquí es cuando nos demuestran su capacidad de autocrítica. Después de unas elecciones con resultados negativos, ninguno reconoce sus errores, activando el discurso B consistente en disfrazar la realidad en ciencia ficción, porque su conclusión es que no han perdido.
¿Será que no tienen amigos?