La impresión que el martes se había multiplicado por dos era cierta. Se descubrió viviendo en dos días a la vez. Dos días que resultaban ser el mismo.
En el piano de cola, pintado a franjas blancas y negras al estilo cebra africana, encontró a su mejor aliado para dominar la absurda inquietud que le acorralaba desde hacía diez horas.
El lunes había pasado a la historia, como otros tantos durante su vida, y su impaciencia por lo que pasaría el día siguiente duplicó sus expectativas más originales.
Sonó el teléfono dos veces.
Nunca supo quien llamó la segunda vez, quizás porque no quiso responder, o quizás porque jamás concedió a sus amigos segundas oportunidades.