Difama, que algo queda.
En los últimos tiempos algunas personas con capacidades más que demostradas para desarrollar su trabajo dentro de la vida política, por diferentes razones, han decidido abandonar su puesto de trabajo pasando a prestar sus servicios en empresas privadas y algunos otros, afortunados, decidieron planificarse una temporada sabática.
Lo peor es que esta dinámica ya parece establecida y de seguir así, “perdiendo” a la gente válida y con valores, nos queda, entre otras, la reflexión de que algo estamos haciendo mal. Y digo haciendo porque es “culpa” de todos.
No hemos sido capaces de eliminar a toda esa parte de impresentables, que debido a su incapacidad manifiesta de ejercer su trabajo en una empresa privada, en la que los resultados son la base de su viabilidad, derivaron su profesión hacia la política. Y una vez dentro de ella, desde la mínima escala a la mayor, los intereses personales han sido su único objetivo.
Desde el punto de vista del ciudadano de a pie, no hemos tenido la capacidad de responder con nuestra arma más valiosa, el voto, para hacer frente a esta banda de personajillos, que no sólo desacreditan algo tan extraordinario como es el diálogo serio como herramienta de debate, añadiendo a este terreno el “difama que algo queda”, también con su encadenada suma de errores, presuntamente profesionales, que nos conducen a una situación fácilmente clasificada como inmoral.
Unos se cubren a otros, y los otros a los unos. Porque no nos engañemos, lo importante es mantener el cargo y el sueldo cueste lo que cueste. Si hay que engañar a los ciudadanos se hace, sí hay que apuñalar al compañero para salvar el culo, se le apuñala. En política se vale todo dado que la impunidad es total, primero en los propios partidos, y segundo en la justicia, que además de ciega también parece autista.