Insistió una vez más con el teléfono. Su única respuesta era el tono de llamada. Así de sencillo y así de triste.
Escribió un correo. Esperó. Escribió otro y otro, y otro. Muchos, La pestaña de recibidos continuaba igual, en blanco. Su intuición no le aventuraba un futuro distinto.
Conjugando la mirada entre la pantalla del ordenador y la pantalla del teléfono móvil el tiempo pasaba. Inmóvil en su silla ergonómica espero en compañía de la ilusión.
Por fin sonó el teléfono. No tardó ni un segundo en contestar a pesar de que el número era desconocido.
La voz pregrabada solicitando respuestas a un servicio de telefonía móvil no era la llamada que esperaba. Pero necesitaba hablar con alguien, aunque fuera él quien debiera dar las respuestas. A todo contestó que no. Un no, que no correspondía ni por asomo, a las preguntas formuladas, pero con alguien o algo, debía descargar su incontrolada serenidad.
Sonó el aviso de correo entrante. El remitente era el que esperaba. Dudó unos instantes el abrirlo por miedo a leer la evidencia.
Pulsó con el botón izquierdo del ratón en el icono de abrir correo y leyó. Volvió a leer. No quiso entender nada, aferrándose a su particular interpretación absolutamente fuera de lugar.
Era la comprobación de que todo lo imaginado era eso, imaginaciones. Imaginaciones tan inseparables como fundamentales para olvidar lo soñado y afrontar, no sin esfuerzo, su maravilloso futuro inmediato.