Archivo de Agosto de 2010

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I

Llegaba tarde y la demora no fue causa de la espera en el paso a nivel sin barrera mientras el interminable tren de la antigua compañía platanera desfilaba por la vía a velocidad constante y discreta.

Sentado en la terraza del bar lo esperaba. Intentó acelerar el paso pero tal era el calor, que cualquier esfuerzo por mínimo que fuera, suponía una extraordinaria fuerza de voluntad que ya no se encontraba a su alcance.

Aureliano tomó un zumo de guayaba y el camarero sirvió otro pero con agua y dos cubitos de hielo ante la mirada de complicidad de Darío “el negro”, mientras un grupo de militares bien armados descansaban sentados en el banco bajo el árbol de la iglesia.

Hablaron de todo, pero sobre todo de lo peligrosos que son los animales heridos. Concretamente de los gorilas que hablan y de su miedo a perder el poder sobre la manada cuando se ven acechados por otros animales capaces de ejecutar hasta las últimas consecuencias sus discursos.

Se prometía un futuro incierto y a la vez tranquilo para el país.

Terminó la misa. La gente salió con ganas de conversar formando grupos de tertulia. Los militares terminaron su descanso inesperadamente alterando el vuelo recatado de las mariposas amarillas.

Se acercó la niña de los ojos verdes y pestañas naranjas recordando a Aureliano que era la hora mágica y debían salir a sembrar estrellas cuando terminara su jugo de guayaba.

II

Movió el aire y Aureliano acercó el vaso vacío hacia el centro de la mesa.

Darío “el negro” se quedó sentado anunciando que no tardaría en llover.

Aureliano dio la mano a la niña de ojos verdes y pestañas naranjas y caminaron dirección al lago atajando por la ciénaga.

No se equivocó “el negro”, la lluvia que solo mojaba la mitad de la cara a las personas no se retrasó.

Agotaron todas las semillas y esperaron. La lluvia cesó y fue en ese momento cuando el lago brilló.

Nunca una cosecha fue tan rápida.

III

Aunque ya era tarde, la noche se convirtió agradable después de la lluvia. Aureliano decidió rondar las calles en un paseo privado.

Los vasos, vacíos de zumo de guayaba, continuaban en la mesa de la terraza. Walter Francis, el camarero, tampoco había tenido el día, pero la ausencia de clientes, indicaba que esta vez no fueron los habituales quienes soportaron sus gratuitas necedades. Fueron otros.

Bizén “el Vaporoso” y su perro Alistante, aguardaban sentados en la puerta de casa la corriente encantadora del barranco, que según la tradición, era suspirada solo los días impares por la nieta de el Negro, y que según él, aceleraba la maduración de los limones.

Bizén “El Vaporoso” elaboraba gaseosa en la fábrica de cerveza que nunca funcionó como tal. Pero los malos tiempos le hicieron reconducir la producción a jugo de limón gasificado. Mucho más fácil de exportar a países rigurosamente escrupulosos con el alcohol, según la teoría de María  ”la Forqueta“, maestra en excedencia y muy viajada.