Era viernes y llovía. Entre en la cafetería sin saber muy bien donde iba. Sonó mi teléfono. - No te preocupes esta solucionado. Él se acercó y me pregunto como estaba. Le dije que bien, mentí. Estaba un poco nerviosa pero en el fondo, su presencía, me había tranquilizado. Su mirada rozaba la ignorancia y toda su puesta en escena de hombre duro se le perdía por el pequeño detalle de no ser capaz de mirarme a los ojos más de dos segundos seguidos. Pero no perdía la ilusión de que en la cama todo fuera distinto. Salimos de la cafetería y bajo su paraguas caminamos un par de manzanas hasta llegar al restaurante que él había elegido. Subimos al piso de arriba y, mientras encendía un cigarrillo detrás de otro no dejaba de hablarme y contarme historias que a mi ni me iban ni me venian. La comida fue más larga de lo normal. Al final nos quedamos solos en compañía de los camareros y eso que ninguno de los dos tomámos postre, solo café Había dejado de llover y paseamos durante unos minutos por las calles semipeatonales mientras nos dirigíamos al hotel, cuando me soprendió con un beso. Yo no dije nada y me limite a rodear su cuello con mi mano y hacer imposible que su boca se separara de mis labios. De su pitillera plateada saco unos cigarros perfectamente liados y continuamos dirección a nuestra guarida de pasión, de la mano esta vez, mientras fumábamos. Se detubo de repente y volvió a besarme. Estábamos en la puerta de un parquing. Un coche al que nuestra presencía le impedia salir utilizo las luces a modo de reclamo para indicarnos que molestábamos. Él a verlo se asusto. Y aquella mirada ignorante se transformo en mirada de pánico, de miedo, como si aquellas luces fueran los ojos de una bestia que pretencía hacerle daño. Se quedó inmovil, sin capacidad de reacción, con enormes dificultades para caminar. Yo le abracé por la cintura e intenté tranquilizarlo. No decía nada, pero su cara reflejaba todas las paranoias que por una mente de un hombre de 25 años bajo los efectos de las drogas puedan imaginar. Poco a poco conseguimos llegar a una plaza y sentarnos en uno de los bancos. Anochecía. Yo le pregunte que es lo que se había metido. Me respondió con otra pregunta: - ¿Tanto se me nota? Decidí ir a buscar mi coche. Ya en marcha dirigí todo el chorro del aire acondicionado hacía su cabeza. - ¿Dónde te dejo? No respondió. El rostro de tensión y miedo a lo desconocido, fue transformandose en un estado de relajación alterado por pequeños temblores. Insistió en que no tenía frio. Quiso besarme pero esta vez yo me negué. No era la persona que esperaba, ni el tipo de hombre que mi amiga Patricia me había descrito. Me sentí como una imbecil. Soy una mujer casada con tres hijas y estaba allí, sentada en mi coche, con un tipo desconocido de cuerpo extraordinario, con una cabeza tan inservible como ineficaz era, lo que le colgaba entre sus piernas. Estaba histérica. Le dije que tenía prisa, que se bajara del coche. Que no se preocupara de nada, Patricía se encargaría de todo, pero que hiciera el favor de bajarse cuanto antes. Arranqué y miré por el espejo retrovisor y allí se quedó al lado de la farola, cabizbajo, con la misma mirada de ignorante y, en el fondo perdedor, con la que lo conocí. Para colmo había vuelto a llover y su paraguas … Su paraguas… seguro que se quedó olvidado en el restaurante.
Era demasiado pronto para volver a casa. La última semana había resultado dura y hoy en especial muy triste.
Tenía un miedo enorme a enfrentarme a la primera noche en soledad después de veinte cinco años de inolvidable compañía. No dejaba de preguntarme que le había hecho yo a la vida para que esta cuando menos lo esperaba me diera un revés así, sin la mínima delicadeza de avisarme.
Al encender la luz del recibidor sentí que toda la ilusión que llevaba guardada dentro de mi se apagaba para siempre. Mi vida había cambiado, tenía que aprender a vivir sin su compañía y lo que más me dolía, sin su amor.
Allí estaba yo, con la única compañía de mi confusión sentada en el sofá abrazada a su almohada percibiendo su olor mientras miraba el libro de poesías que cada domingo por la mañana leía mientras yo preparaba la comida.
Me llamó Mamen, intentó animarme, ella sabe que es pasar por esto. No lo consiguió. Ya sé que todo en esta vida tiene su principio y su fin, lo que ocurre es que mi fin ha llegado muy pronto, justo cuando emprendíamos una nueva etapa en nuestras vidas libres de las ataduras laborales y compromisos sociales.
Debía ser positiva borrar esta semana trágica y limitarme recordar aquellos maravillosos momentos de vida en común con la persona que más he deseado.
Pero el ser positiva tampoco significaba ignorar aquella absurda infidelidad fuera de lugar por mucho que desde mi deprimida sensibilidad intentara disculpar lo imperdonable. Reconozco que fui demasiado bondadosa dándole lo que nunca me pidió sin preguntarle si lo quería.
Me ha dejado por otra, esta es la realidad, por otra que supo ver en Lucia lo que yo durante tantos años ignoré, por mi absurdo gen prepotente.
No sé si desear que sean felices porque sé que lo serán, así que no lo haré, pero no me importaría que los labios siliconados de la rubia sufrieran alguna alteración bajo el sol de las islas Kiribati.
Por mañana al despertarme me di cuenta que algo estaba cambiando en mi. El tiempo, que aparentemente pasaba tan despacio en el espacio, se había acelerado de forma repentina e imparable.
Miré mis piernas, estaban más peludas de lo normal. Hoy sin falta tenía que aparecer por la playa y estas pintas de desorden corporal en mi redondeada figura no eran las más adecuadas. Lo primero que pensé fue en depilarme de la forma más rápida. La típica cuchilla de afeitar de triple hoja sin duda sería lo más efectivo. Bajé a la tienda de ultramarinos, pero tenían agotada la espuma ecológica que no daña el medio ambiente. La depilación a la cera fue mi segunda opción. Posibilidad que descarte al instante, porque el calor que desprendía mi cuerpo era tal, que resultaba imposible poderla aplicar a mis piernas con unos mínimos resultados de éxito a la hora de fijación y posterior extracción del pelo. Se me paso por la cabeza utilizar la tecnología láser. Fue pensarlo y a los dos minutos, mi casa estaba rodeada de un grupo de manifestantes, pintados de verde, con pancartas protestando y haciéndome culpable de ser el primer causante de la desaparición de la capa de ozono si utilizaba esa técnica. Pasaban las horas, yo sin depilar, y la gente que empezaba a salir de sus casas para dirigirse a la playa. Cerré los ojos, respiré, conté hasta 2005, me acorde de Ramón García en fin de año, y pense el dicho de: “a grandes catástrofes, grandes remedios” Coloqué una nube estratégicamente por delante de las zonas más velludas de mi cuerpo para que la gente no se percatara de mi deplorable estado. No se pondrían tan morenos, pero les quedaba todo el verano por delante para hacerlo. Sólo tenÍa que esperar a que llegara la noche y comentarlo con la luna para que ella con toda su experiencia, me ayudara a solucionar mi problema. Mi gran duda era, que en estos últimos millones de años la luna y yo, jamás hemos coincidido. Esto de ser el sol de tío, astro rey del universo, además de metro sexual, es una mierda. Vivan los eclipses republicanos.
Al final me lo tomaba a risa. Era solo cuestión de girarme y esperar a que él terminara. Eso si, de vez en cuando soltaba un gritito de pasión para mantener viva su ilusión, pero sin mucho convencimiento. Creo que nunca se percató de mi desinterés por la causa, era normal por otra parte, su concentración en la feliz consumación del acto aunque breve, era tan profunda que ni el más terrible de los desfiles de majorettes podría despistarle.
Cada sábado por la mañana desde que compartimos vidas es igual, nunca puedo despertarme el fin de semana como una persona normal.
La técnica es siempre la misma. Primero pone su mano en mi barriga por dentro del pijama y comienza a deslizarla hasta el pubis. Segundos después de estar haciendo el gilipollas con sus dedos y al ver que yo sigo inmutable, cambia su estrategia dirigiendo su mano hacía mis tetas. Por allí pasea sus tentáculos con la intención de estimular mis pezones, pero su estilo no es muy depurado y pienso que un panadero trata con más delicadeza la masa del pan que él mis pechos. Yo continúo con mi clásica actitud de indiferencia.
Cuando se percata de mi total pasotismo, acerca su boca a mi oído e intenta decirme algo bonito, pero la oratoria tampoco es su fuerte. - ¿Y que habré visto yo en este hombre? - Me pregunto
Es difícil olvidar esa voz pastosa pegada en mi oreja y esa lengua acartonada -como si hubiera comido una caja de polvorones caducados después de pegar 37 sellos de correos- lamiendo… digo arañando mi cuello. - ¡ Ayssss, qué asco por Dios! Una vez agotada toda su imaginación solo le queda una salida posible y esta no es otra que un ataque sin piedad al muslo de mi pierna izquierda con todo su poderío -que es poco- momento que yo aprovecho para girarme, librándome de su halitosis matinal pero por el contrario ofreciéndole lo único que desea.
Antes de darme cuenta mi pantalón del pijama esta a los pies de la cama y su pequeño poderío husmeando entre mis piernas. Tres minutos y un ficticio gemido más tarde me dice:
- Hoy tengo que ir al la carpintería a cortar unas maderas para encaminar la enredadera del jardín y crezca por el buen camino. - Y de paso… a ver si te la entablillas y me dejas tranquila unos días. - Pienso yo para mis adentros. Aunque podía ser peor… podría dormirse y roncar. Cuando cierra la puerta de la casa, corro derechita a la ducha a liberarme de su pegajosa impresión y digitalmente terminar lo que él solo empezó.
Los sábados por la mañana, siempre quedo con mi amiga Beti a desayunar. Ella vive una situación sexual muy diferente a la mía, y juntas reímos -sobre todo yo- mientras compartimos nuestras experiencias amatorias delante del café.
Beti es una mujer encantadora, mi mejor amiga sin duda alguna. Un poco puta eso si, pero como lo tiene asumido… de vez en cuando me pide que se lo recuerde, cosa que yo hago sin suponerme ningún trauma moral. Y tú te preguntarás:
- ¿Por qué no te supone ningún trauma moral llamar puta a su mejor amiga? Beti y yo, durante unos meses dejamos de hablarnos. Fue cuando mi operación de apendicitis. Ella pasó por casa a llevarle unas camisas planchadas a mi chico, pero como era sábado por la mañana, y la retención de espematozoides que sufría era importante le dio a conocer todo su pequeño poderío, y ella que para estas cosas nunca tiene un no, gustosa dio buena cuenta de él.
Por su forma de ser -polvo que echa, polvo que me cuenta- aquella misma tarde estaba en el hospital sincerándose conmigo pidiéndome que sólo me enfadara lo necesario, pero rogándome que por nada en el mundo dejara de ser su amiga.
En el fondo siempre ha estado sola y sus relaciones con novietes y amigas han sido limitadas en el tiempo.
En ese momento no reaccioné. Le dije que me dejara sola, me eche a llorar. No sé sí porque los puntos me molestaban demasiado o, por la rabia de creer que mi colega se había comportado como un verdadero hombre por una vez en la cama y yo no había sido la elegida.
Durante mi convalecencia fueron los fines de semana más tranquilos que recuerdo.
Meses más tarde Beti me llamó una tarde para cenar, aquella noche zanjamos nuestra enemistad compartiendo las dos cama con un travestido que respondía al nombre de Vanessa, metro noventa, setenta kilos, un poderío de descomunales dimensiones y trescientos euros, IVA incluido, que gustosa pago ella. Desde entonces es nuestro secreto prohibido mejor guardado. - ¿Entiendes ahora porque no me importa recordarle que es una mujer de fácil dominio público? Que tarde se había hecho. Siempre que estamos juntas se nos pasa el tiempo volando.
Cuando llegué a casa la situación era surrealista, mi chorbi tirado en el jardín con los alicates en la mano, reptando como una culebra herida intentando hacerse con el teléfono móvil que había olvidado en el coche.
Fuimos corriendo al hospital, alicates incluidos. El pobre hombre se había roto la pierna al caer de la escalera mientras intentaba colocar la planta enredadera por su buen camino.
Diagnóstico: tres semanas con la pata tiesa.
Sí es que donde va a parar, nos pasamos la vida imaginando y deseando cosas, pero con el terrible error de nunca precisar lo suficiente.
Yo solo quería que le entablillaran su poderío durante una temporada y que me dejara dormir los sábados por la mañana, pero para nada convertirme en una enfermera postiza sin experiencia de primeros auxilios.
Los siguientes fines de semana al desgraciado accidente de mi poderío fueron de lo más indiferentes sexualmente hablando, lo que no me impide reconocer que he llegado a echar de menos, en alguna ocasión, los breves e incontrolados achuchones de mi lisiado hombre. - ¿Me estaré haciendo mayor?
Sólo me cabe apuntar una cosa. A nuestro desayuno sabatino se unió una compañía muy especial y aunque algunos días llegaba un poquito irritada de donde la espalda pierde el nombre, siempre tenía alguna extravagante historia que contarnos capaz de hacernos sonreír.
Vanessa era diferente, entrañable y muy puesta en todos los temas. Fue ella quien me recomendó a su psiquiatra, quien a día de hoy, intenta convencer a mi chorbi que de una vez y por todas suelte los malditos alicates.