Carlos no era el más alto ni el más bajo, ni era el más delgado ni el más gordo, ni tampoco era el más atento ni el más despistado, no era guapo pero tampoco era feo, Carlos era un niño normal como la mayoría de los niños su edad.
Ya hacía algunas semanas que la primavera había llegado, y todas las paredes de la escuela estaban adornadas con los dibujos que a los niños les recordaban, a pesar de la lluvia, que la primavera ya estaba allí. Hacía tantos días que las nubes tapaban el sol, que los alumnos de la clase de Agustín no podían salir al bosque a leer los cuentos. Afición y tradición que desde hacía mas de treinta años el maestro mantenía incluso en contra de los fenómenos meteorológicos, pero este año parecía que seria imposible.Pasaron tres días más y no paraba de llover, así que Agustín les dijo:
- Si mañana no deja de llover, este año desgraciadamente no podremos salir al bosque a leer los cuentos.
A los niños no les hizo mucha gracia y el maestro intuyó una pizca de tristeza en las caras de sus alumnos, en todas menos en una. Sí la de Carlos que con una sonrisa de oreja a oreja y sin cortarse un pelo grito:
- ¡mañana no lloverá!.
Agustín quedo gratamente sorprendido y sin más, dio por finalizada la clase aquel día.
No se lo podían creer, hoy no llovía, Carlos era un mago, un adivino, era el mejor, el número uno. Por fin había llegado el día de salir al bosque a leer los cuentos. Todos estaban preparados en la fila e impacientes, esperaban al maestro.
- Jovenzuelos y jovenzuelas, ¿estáis preparados? -Preguntó Agustín,
- Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii, -Respondieron los alumnos. Y sin más tiempo que perder emprendieron la marcha.
Aquel nogal centenario de tronco grueso, ramas largas y llenas de hojas, era el lugar ideal para comenzar la clase de lectura. Agustín de pie y apoyado en el árbol dio la orden para que Berta leyera.
Carlos se había sentado en uno de los extremos de la media luna que formaban los alumnos alrededor del nogal. Muy atento seguía las líneas que sus compañeros leían, cuando de repente, no podía creer lo que estaba viendo, las letras de su libro se movían y formaban palabras incapaces de leer. Recorrían toda la hoja, e incluso las letras de la página catorce se unieron a la fiesta. Carlos estaba nervioso… no, estaba muy nervioso pues se acercaba su turno y sabía que no podía leer esas extrañas combinaciones de letras. Sería él páyasete de la excursión. Fue entonces cuando el viejo maestro dijo:
- Está bien paremos a comernos el bocadillo y continuaremos después con Carlos, ¿entendido?
Carlos por fin respiró.
Cuando buscaba en la mochila su desayuno, escucho una voz que le decía:
- Oye, ¿quieres venir con nosotras? Era la letra “C
Antes de que contestara observó que en perfecta fila india las letras de su libro corrían hacia el tronco de aquel gigantesco árbol. Él, sin pensarlo ni un segundo fue detrás de ellas. Todas fueron entrando por una pequeña grieta, al tronco del nogal pero claro, Carlos era demasiado grande para pasar por ella, rodeó dos veces el árbol, mientras sus compañeros jugaban al pañuelo, y cuando ya se daba por vencido pensando que no entraría, un resbalón le precipitó por una gruta.
Estaba todo muy oscuro, notó que algo tiraba de su pantalón, era la letra R que con insistencia le dijo:
- Ven, sígueme.
Carlos no sabia a donde iba, cuando, de pronto, llegaron a una habitación pintada de colores y unas letras colgadas del techo que no dejaban de columpiarse y reír al mismo tiempo, que le daban la bienvenida. De pronto el silencio invadió toda la sala y las luces se apagaron, se oyeron unos pasos, y un rayo de luz blanca iluminó a un ser muy extraño. Carlos empezaba a asustarse de verdad… es un marciano… penso, pero claro él nunca había visto un marciano. Intentó escapar, pero con tan poca luz nunca encontraría la salida. Así que decidió gritar muy fuerte para que Agustín y sus amigos, que seguían jugando al pañuelo, le oyeran y fueran a rescatarle, pero en ese momento la “p” minúscula anunció la presencia del jefe de las letras.
- Amigas y amigos míos, ¿Cómo estáis?, Preguntó el jefe.
Era un personaje diferente, todo su cuerpo eran letras y números, las “uves dobles” formaban los brazos y las piernas, un “ocho” los ojos, los dedos eran los “unos” menos el pulgar que era él “siete”, su barriga era un enorme número “diez” con muchos mas números y letras de diferentes tamaños y colores que no dejaban de moverse en su interior. Aquella figura viviente pronunció un discurso largo y aburrido.
- Seguro que cuando termine este rollo habrá bocadillos de nocilla y fanta de naranja, dijo Carlos en voz baja,
Pero el discurso se interrumpió de golpe.
- Un humano entre nosotros, grito enfadado el jefe de las letras,
- ¡Atrapadlo!.
Carlos nunca había corrido tanto, por los pasillos, por las escaleras, con todas las letras y números detrás de él y la voz del jefe azotando su cogote:
- Atrapadlo y traedlo ante mí…
Tanto corrió que se quedo sin pasillo, sin escaleras y sin habitaciones donde esconderse. Y cuando el batallón de letras y números estaban a punto de atraparle…
- Carlos, Carlos, despierta, va campeón, repetía con insistencia Agustín.
Contó su aventura pero nadie le hizo caso, incluso hubo algunos que se rieron de él. Agustín les explicó, que había sufrido una caída cuando fue a pasar por detrás del árbol y se golpeó la cabeza con un tronco del suelo desmayándose después.
Cuando volvían hacia el colegio, Carlos notó que en su bolsillo se movía algo, metió la mano y de allí sacó a la letra “i” que en voz muy baja le dijo:
- Carlitos abre el libro que me he quedado fuera y yo sola no puedo entrar.
Carlos sorprendido y con cuidado sacó el libro y la letra “i” volvió a su página, no sin antes despedirse y darle las gracias.
- Carlos, ¿con quién hablas? Preguntó el maestro.
Con nadie, con nadie, es que me duele un poco el chichón. Respondió Carlos
Aquella mañana el sol tenía el presentimiento de que algo extraño iba a pasar. Antes de salir y que los primeros rayos despertaran al gallo de la granja del señor Isidro, se quedó pensando por unos instantes, retrasando la llegada del nuevo día.
El gallo que no necesitaba la luz para cantar, pero por su educación, era su deber esperar siempre a que el sol le diera la señal en forma de rayo, comenzaba a impacientarse.
El señor Isidro, que tampoco necesitaba escuchar al gallo para despertarse se extrañó al no oírlo. Pensó que quizás no se encontrara bien por beber agua fría la tarde anterior y se hubiera quedado afónico.
Hacía ya muchos meses que unas enormes máquinas trabajaban en el bosque talando los árboles, pero, aquella mañana el horroroso y molesto ruido tampoco se escuchaba.
- ¿Qué raro?, es una mañana muy tranquila, demasiado. No se escucha ningún ruido. Pensó.
Curiosamente tenía el mismo presentimiento que el sol. Cuando abrió la ventana y se dio cuenta que las horas pasaban y todavía era de noche comenzó a preocuparse de verdad.
El sol temía encontrarse algo muy feo y cuando al final ya no pudo esperar más, lanzó sus rayos por todo el valle. La desilusión fue enorme. El bosque estaba vacío, ¡no quedaba ningún árbol ¡
- Kikiriki, kikiriki. Cantó el gallo, pero…
…enseguida dejó de hacerlo y aviso a las gallinas para que vieran lo que había ocurrido.
El señor Isidro, no pudo menos que soltar una lágrima, al ver semejante espectáculo. El bosque en el que había crecido, en el que había jugado, en el que había construido las cabañas con sus amigos. Todo aquello había desapareció, solo quedaban los recuerdos.
A los señores que mandaron talar el bosque, personajes sin escrúpulos a los que solo les importaba el dinero, les pareció buena idea colocar en lugar de los árboles verdaderos, otros de papel. Pensaban que los habitantes del valle no se darían cuenta.
Rápidamente el señor Isidro, bajo al gallinero y llamó al gallo, y juntos los dos fueron hacía el horizonte a buscar al sol.
Partieron muy decididos y confiados en que los tres conseguirían arreglar semejante catástrofe.
Cuando al fin, después de mucho caminar se encontraron, ninguno sabía que decir, estaban tan tristes que no les salían las palabras solo sollozos. Era la primera vez que el señor Isidro veía llorar al sol. Pero lo que no sabía es que habría una segunda vez.
Era el momento de dejar las lamentaciones y empezar a buscar soluciones. Mientras el señor Isidro se secaba las lágrimas el gallo y el sol se sentaron en la ladera de la montaña a pensar. Muchas vueltas le dieron a lo mismo sin encontrar ningún remedio.
Coincidió que pasaban por allí unos pájaros que se dirigían al continente africano en busca del buen tiempo, pero al ver a los tres amigos tan preocupados decidieron pararse y charlar un rato con ellos. Cuando estuvieron al corriente del problema, rápidamente y casi al mismo tiempo que el gallo terminaba de contarles el desastre, aportaron una solución.
Si el Sol es el astro rey, resultaría muy fácil detener el verano y volver a la primavera. El señor Isidro puso cara de extrañado y cerro los ojos. El sol se tapó con una nube despistada que merodeaba por allí y el gallo en lugar de emitir su magnífico canto, cacareó como una gallina. Ninguno de los tres había entendió nada. Los pájaros insistieron que solo era cuestión de organizarse.
Cada uno debería encargarse de un trabajo muy concreto. El señor Isidro prepararía el bosque tapando los agujeros que las máquinas y camiones habían dejado. Después él también se encargaría de tapar los hoyos de las semillas.
El gallo sería el responsable de comunicar y convencer al resto de los animales, que era importantísimo abonar el bosque con sus cacas y pipis.
Por último el sol era el que tenía el trabajo más difícil, debía volver hacía atrás el ritmo normal de las estaciones. Bajo sus ordenes estarían la lluvia, el hielo, el viento y la nieve. Estos tres últimos debían alargar un poco más sus vacaciones mientras la lluvia tenia que estar alerta para cuando fuera el momento, con sus gotas dar de beber a las semillas y así facilitar el crecimiento de los nuevos árboles.
- ¿Y las semillas? Preguntó el gallo
- Nosotros. Como el sol retrasará la llegada del otoño, aprovecharemos para ir a buscar semillas y poder plantar el nuevo bosque. Respondieron los pájaros.
Todos muy entusiasmados se pusieron manos a la obra, cada uno con su papel bien aprendido. El señor Isidro trabajó sin descanso para tener la tierra preparada. Al gallo no le costo mucho convencer a los animales para que cambiaran el lugar para efectuar sus necesidades, todos por allí tenían algún amigo de su especie que cada año venía al bosque a pasar las vacaciones, y si el bosque no volvía a crecer sabían que sería difícil volver a verlos. El sol reunió a todos los fenómenos atmosféricos y tampoco tuvo problemas, todos se unieron a la causa.
Los pájaros lo pasaron un poco peor, además de sortear algunos cables eléctricos de las gigantescas torres de la luz, a la vuelta se encontraron con unos cazadores, habilmente camuflados, que intentaron convertirlos en el segundo plato de restaurante de carretera. Pero al final y gracias a su destreza voladora llegaron todos sanos y salvos en el tiempo previsto.
Ya estaba todo preparado. El campo abonado, y los hoyos preparados por el señor Isidro para que los pájaros depositaran las semillas. Las nubes cargadas de agua dispuestas a cumplir su misión, solo faltaba la orden para poner toda aquella organización en marcha. Fue el gallo quien dio la señal con su canto. En un día estaban todas las semillas plantadas y las nubes dejaron caer el agua para que todo fuera como la ley de la naturaleza ordena.
Toda la responsabilidad estaba ahora en el sol, tenía que conseguir que la primavera durara el tiempo suficiente para que los árboles crecieran.
Como ya no había árboles estaban seguros de que los taladores de madera no volverían y con esa satisfacción se fueron todos a dormir después de aquel duro día de trabajo.
Pasaron los días, las semanas, los meses, y en la televisión, la radio, en los periódicos, no se hablaba de otra cosa, la gran noticia era que el verano se había vuelto loco convirtiéndose en una interminable primavera. Los animales, el sol y el señor Isidro reían sin parar. Eran los únicos que conocían la verdad de todo aquello
Con tantos buenos amigos unidos, el trabajo bien hecho y toda la ilusión del mundo junta, el éxito estaba asegurado. Y así fue, los árboles empezaron a crecer. Todo volvía a ser como antes del desastre.
Los tres amigos fueron a despedir a los pájaros, las estaciones recuperaban su normalidad, y el otoño no tardaría en aparecer. Debían partir ya. En ese momento, cuando nuestros tres amigos les decían adiós, hasta el año que viene, fue cuando el sol no pudo reprimir la emoción y el señor Isidro le vio llorar por segunda y última vez.